Investigadores de la UOC y la UAB concluyen que el último gran brote de peste en la Europa occidental del siglo XIX, que mató al 78% de los infectados en el este de Mallorca, se propagó sobre todo por contagio humano directo y no por las ratas.
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) revisa el último gran brote de peste de la Europa occidental, ocurrido en 1820 en el este de Mallorca, y concluye que no se propagó según el modelo clásico de ratas y pulgas, sino principalmente por contagio directo entre personas. Investigadores de la UOC y la UAB concluyen que el último gran brote de peste en la Europa occidental del siglo XIX, que mató al 78% de los infectados en el este de Mallorca, se propagó sobre todo por contagio humano directo y no por las ratas. En la práctica: El hallazgo obliga a revisar cómo se entendía la transmisión de la peste en la Europa del siglo XIX.

El monumento 'Es Pastoret', en la Plaça de Sant Joan de Son Servera, recuerda a las víctimas de la peste de 1820 analizada en el nuevo estudio.
Foto: Olaf Meister · Licencia: CC BY-SA 4.0 · Archivo original · Condiciones de la licencia
Un equipo de investigadores de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) ha concluido, tras dos siglos, que el brote de peste que arrasó varios pueblos del este de Mallorca en 1820 no se comportó como un episodio bubónico clásico transmitido por ratas y pulgas, sino que se propagó mayoritariamente por vías ligadas directamente a las personas. El estudio, firmado por Joana Maria Pujadas-Mora (UOC, investigadora ICREA Academia) y Pere Puig (UAB, Centre de Recerca Matemàtica), se publicó el 18 de agosto de 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), una de las revistas científicas multidisciplinares más citadas del mundo.
El brote comenzó en mayo de 1820 en Son Servera, en el este de la isla, después de que una embarcación procedente de Tánger desembarcara de forma clandestina a parte de su tripulación. La epidemia se extendió después a Artà, Capdepera y Manacor. Según los registros históricos analizados por los autores, murieron más de 2.400 personas de una población afectada de unos 7.500 habitantes, lo que supone una letalidad cercana al 78% entre los infectados, una de las más altas documentadas para un brote de peste en la Europa occidental del siglo XIX.
Hasta ahora se asumía que la alta mortalidad respondía al modelo bubónico tradicional, con las ratas como reservorio del patógeno y las pulgas de roedores como principal vector de contagio hacia las personas. Combinando registros sanitarios diarios de la época con modelización matemática avanzada, los investigadores descartan a las ratas como reservorio relevante del brote mallorquín y apuntan a que las formas neumónica y septicémica de la enfermedad, más letales y de contagio más rápido, explican mejor la elevada mortalidad observada, con los ectoparásitos humanos —pulgas y piojos de las propias personas— y el contacto directo entre convecinos como vías de contagio más probables que la cadena rata-pulga-humano.
El trabajo también destaca que las autoridades de la época, sin conocer el mecanismo exacto de transmisión, impusieron cordones militares y un aislamiento estricto entre municipios que, según los autores, limitó de forma efectiva la propagación más allá de las cuatro localidades afectadas del Llevant mallorquín. Pujadas-Mora señala que la investigación aporta nueva evidencia sobre la dinámica temporal del brote de 1820, al permitir reconstruir con precisión diaria cómo y cuándo se transmitió la enfermedad a partir de fuentes de archivo local, parroquial y municipal conservadas en la isla.
El episodio de 1820 está considerado el último gran brote de peste de la Europa occidental y sigue presente en la memoria de Son Servera, donde desde 2008 la escultura 'Es Pastoret', obra del artista local Eduardo Servera e instalada en la Plaça de Sant Joan, recuerda a las víctimas y supervivientes de la epidemia. Los autores advierten de que sus conclusiones se basan en la reconstrucción estadística de registros parroquiales y sanitarios de hace dos siglos, no en el análisis directo de muestras del patógeno, y plantean que su metodología cuantitativa podría aplicarse a otros brotes históricos de peste documentados en Europa para refinar los modelos de transmisión y mortalidad.
La epidemia se inició en mayo de 1820 en Son Servera tras el desembarco clandestino de tripulantes de un barco llegado de Tánger.
Se extendió a Artà, Capdepera y Manacor antes de ser contenida mediante cordones militares y aislamiento estricto entre municipios.
El hallazgo obliga a revisar cómo se entendía la transmisión de la peste en la Europa del siglo XIX.
Aporta un método cuantitativo, basado en registros de archivo, aplicable a otros brotes históricos.
El brote de 1820 en el este de Mallorca es el último gran episodio de peste documentado en la Europa occidental.
Es una de las catástrofes demográficas más graves de la historia de Son Servera, Artà, Capdepera y Manacor.
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