Un estudio de la Universidad de Viena publicado en Science Advances reconstruye el genoma más antiguo conocido de un humano moderno en el suroeste de Europa, hallado en la cueva de Isturitz, y muestra que recibió aporte genético de poblaciones de Europa central y oriental hace unos 32.000 años.
Un equipo de la Universidad de Viena, liderado por Pere Gelabert y Ron Pinhasi, reconstruyó a partir de restos óseos y ADN sedimentario el genoma de una mujer que vivió hace unos 30.000 años en la cueva de Isturitz (suroeste de Francia), el conjunto genómico más antiguo conocido de un humano moderno en esa región. El estudio, publicado en Science Advances, muestra que su ascendencia, mayoritariamente de linaje de Europa occidental, incluía también marcadores de poblaciones de Europa central y oriental, lo que indica que ambos grupos no estaban tan aislados genéticamente como se pensaba. Un estudio de la Universidad de Viena publicado en Science Advances reconstruye el genoma más antiguo conocido de un humano moderno en el suroeste de Europa, hallado en la cueva de Isturitz, y muestra que recibió aporte genético de poblaciones de Europa central y oriental hace unos 32.000 años.

Entrada de la cueva de Isturitz (Francia), yacimiento donde se halló el genoma humano de 30.000 años analizado por el equipo de la Universidad de Viena. Imagen de archivo del lugar, sin relación con la excavación específica del estudio.
Foto: Michel Bakni / Wikimedia Commons (CC BY 4.0) · Licencia: CC BY 4.0 · Archivo original · Condiciones de la licencia
Un equipo internacional liderado por el Departamento de Antropología Evolutiva de la Universidad de Viena publicó en la revista Science Advances (DOI 10.1126/sciadv.aeh6128) la reconstrucción genómica de una mujer que vivió hace aproximadamente 30.000 años en la cueva de Isturitz, en el extremo occidental de los Pirineos franceses. Según la nota de prensa institucional difundida el 23 de octubre de 2026 a través de EurekAlert!, se trata del conjunto de datos genómicos más antiguo obtenido hasta la fecha de un humano moderno en el suroeste de Europa.
El primer autor del trabajo, Pere Gelabert, explicó que "nuestros resultados demuestran que las poblaciones de Europa oriental y occidental no estaban tan aisladas genéticamente como se creía". El análisis muestra que, aunque la mayor parte de la ascendencia de la mujer correspondía al linaje genético de Europa occidental propio de la cultura gravetiense, también portaba marcadores vinculados a poblaciones de Europa central y oriental. Mediante modelos genéticos, el equipo fechó ese flujo de genes entre hace 32.500 y 31.500 años, en plena expansión de las tradiciones gravetienses por el continente.
El estudio no se limitó al individuo de Isturitz: los investigadores detectaron señales genéticas similares en restos de un individuo hallado en Ormesson (Francia) y recuperaron ADN sedimentario de 22.000 años de antigüedad en la cueva de El Mirón (Cantabria, España), sin necesidad de contar con restos óseos conservados. El autor principal, Ron Pinhasi, destacó que "el ADN sedimentario nos permite recuperar información genética de periodos en los que faltan restos humanos", una técnica que amplía el alcance temporal y geográfico de este tipo de reconstrucciones. El trabajo incluyó además el análisis del feto conocido como Ostuni1b, en Italia, cuyos datos apuntan a que las comunidades gravetienses evitaban activamente la endogamia hace más de 25.000 años.
La investigación, corroborada de forma independiente por medios como Infobae, phys.org y La Razón —que citan las mismas cifras, fechas y declaraciones de los autores—, sitúa a Isturitz como un posible nodo de intercambio cultural y biológico durante el Paleolítico superior, en una época en que distintos grupos humanos recorrían largas distancias por el continente europeo. Los autores subrayan que estos contactos genéticos a larga distancia eran más frecuentes de lo que sugería el registro arqueológico disponible hasta ahora.
El hallazgo se suma a una serie reciente de estudios de ADN antiguo que han ido matizando la imagen de poblaciones paleolíticas aisladas en refugios regionales durante la última glaciación, sustituyéndola por un panorama de redes de contacto más amplias. Los propios autores señalan que la combinación de restos óseos y ADN sedimentario seguirá permitiendo rellenar vacíos geográficos y temporales en los que no se han conservado esqueletos, por lo que cabe esperar nuevos hallazgos sobre la movilidad de estas poblaciones en los próximos años.
El hallazgo se apoya en estudios previos de ADN antiguo en Europa, como los que documentaron la llegada de poblaciones esteparias y la persistencia de linajes cazadores-recolectores, y amplía esa línea de investigación al incorporar por primera vez un genoma de referencia tan antiguo en el suroeste europeo junto con ADN sedimentario de yacimientos como El Mirón.
El hallazgo reescribe la idea de un aislamiento genético entre las poblaciones del Paleolítico superior en Europa occidental y oriental, mostrando contactos e intercambios genéticos a larga distancia hace más de 30.000 años.
La cultura gravetiense fue una de las tradiciones arqueológicas más extendidas del Paleolítico superior europeo, documentada desde la Península Ibérica hasta Europa oriental entre hace unos 33.000 y 21.000 años. La cueva de Isturitz, en los Pirineos Atlánticos franceses, es un yacimiento arqueológico de referencia para este periodo, conocido también por los restos de flautas prehistóricas hallados en sus excavaciones.
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